Cuando los juegos acaban mal.

Estaba yo esperando a una amiga con la que pensaba hacer una práctica de yoga, tenía la esterilla, el zafu y la manta listos y ya me encontraba sentada y disponiéndome a empezar a meditar, cuando mis dos gatitos descubrieron el equipamiento que tenía preparado para mi compañera.  Empezaron a curiosear olisqueando la esterilla, subiéndose en el zafu y saltando, dándole con la patita a la cremallera… Poco a poco tomaron confianza con los nuevos elementos y comenzaron a jugar de forma desinhibida como suelen hacer, como dice mi sobrino Leo “a las peleítas”. Agazapándose para emboscar y saltar sobre el otro, revolcándose, dándose pequeños mordiscos…Es una delicia observarlos, me pasaría la vida en ello. De vez en cuando alguno sale mal parado, da un gritito y se aleja por unos instantes, pero enseguida vuelve a la carga. A veces, se nota que se enfada y lo hace pagar a su compañero que es, en esta ocasión el que sale perdiendo, llevándose un zarpazo o un bocado.

 Esta escena me recuerda a las que tantas veces presencio en el aula de educación infantil. Son los juegos de contacto físico.

Todos los cachorros juegan. El juego cubre en la infancia determinadas  necesidades,  tanto físicas como psicológicas, tan importantes que es inevitable. Por eso en la Declaración de Derechos de la Infancia se reconoce el juego como uno de ellos.  Privar a los niños y niñas de jugar es un atentado contra su integridad. 

Hay varios tipos de juego, el  que cada uno desarrolla de forma predominante, tiene mucho que ver con sus características individuales, con sus dones y talentos  y sospecho, que también con lo que la vida les tiene preparado. Porque el juego prepara para la vida.

Los juegos de contacto físico, como el que desarrollaban aquella noche mis gatitos, a menudo aparecen en los niños en formas que a los adultos  nos pueden parecer violentas y, aunque el juego no es violencia, lo cierto es que es frecuente que se hagan daño. Los adultos que los acompañamos, solemos ponernos nerviosos, previendo algún fatal desenlace. Además, suelen ser bastante ruidosos, por lo que perturban el ambiente pacífico al que aspiramos.  En mi experiencia estas conductas en los seres humanos predominan en los varones, aunque no en todos, ni exclusivamente en ellos.

Muchas veces lo que empieza siendo un juego acaba en una pequeña o gran pelea, cuando un roce fortuito es percibido por uno de los jugadores como una agresión y responde a ello defendiéndose con rabia. Esto es más frecuente  cuanto más pequeños son los niños.

¿Por qué sucede esto?

Una de las características más relevantes del pensamiento de los niños y niñas en edad preescolar, es el egocentrismo. Jean Piaget acuñó este concepto. El egocentrismo es la incapacidad de ponerse en el lugar del otro, están completamente centrados en sí mismos. Cuantos más pequeños son, menos pueden entender el punto de vista de los demás.

Este rasgo psicológico, que es bien conocido por las maestras y maestros que desempeñamos nuestra labor en esta etapa educativa, condiciona gran parte de su comportamiento.  Así, cuando durante el juego se hacen daño, sólo perciben su propio dolor, no son capaces de considerar la ausencia de mala intención en la otra persona, ni de prever que, si responde de forma violenta, el otro va a sufrir. Entonces pueden reaccionar agrediendo instintivamente y algún compañero puede llevarse un buen bocado o un bofetón.

En las aulas, como en la vida, las personas se agrupan por afinidad. Como dice el antiguo refrán español: “Dios los cría y ellos se juntan”. Es normal que se formen pandillas de niños que son inseparables, siempre andan juntos, que se quieren y se buscan constantemente para jugar. Además estas “tropas” suelen tener una identidad de grupo muy  fuerte. Hay grupos de niños y niñas que prefieren actividades tranquilas y no suelen generar situaciones tan intensas, sólo pequeños accidentes o disputas por los objetos. También hay pequeños que prefieren evitar meterse en problemas y permanecen alejados del barullo.

Pero cuando tienen un nivel de energía alto suelen jugar a perseguirse, a las guerras y a las luchas. Estas formas de jugar son las que aseguran que surgirán contratiempos. Es posible que la contienda se desarrolle en el arenero y los proyectiles sean puñados de arena que acaban entrando en un ojo. O que fruto de una persecución un tropiezo genere un empujón y alguien acabe en el suelo.

Cómo gestionar estas situaciones en el colegio.

Con bastante frecuencia  los adultos malinterpretamos estos pequeños episodios que son naturales y normales, y que forman parte de la exploración de lo emocional y de lo social, y les atribuimos significados que en realidad no tienen.

Como maestra, y siguiendo a Kamii y Devries (2005) en su imprescindible libro «La teoría de Piaget en la Educación Preescolar», intento (nótese que utilizo la palabra intento), no desempeñar el papel de juez de las disputas infantiles, sobre todo si no he presenciado como ha sucedido todo. Si el adulto se dedica a juzgar fomenta el que los niños se vuelvan acusadores.

Lo que hago en primer lugar es pedirles que se queden un poco conmigo para que el nivel de energía que suelen tener cuando recurren a mi pueda bajar y así ser capaces de hablar tranquilamente del tema. Después los invito a que me cuenten cómo fue, tanto a los implicados como a los posibles testigos.

Una vez que tengo claro que el incidente ha surgido del juego, (como habitualmente sucede) les señalo que estas cosas pasan, que si jugamos de formas muy violentas podemos  terminar haciéndonos daño y que cuando las cosas pasan porque estábamos jugando no debemos tomarlas en cuenta a los amigos. Con frecuencia también les pido y les doy ideas para que su juego les haga correr menos riesgos. 

Para terminar les insto a que hablen entre ellos y se pongan de acuerdo sobre cómo podrían arreglar la situación para que todos vuelvan a sentirse bien y sobre qué quieren hacer a continuación. Normalmente quieren seguir jugando juntos. Otra cosa que me parece muy importante si alguien ha sufrido un daño a considerar es informar a las familias del incidente y explicárselo de forma objetiva.

Como gestionarlo en casa.

Muchas veces la familia sobredimensiona estas “cosas de niños”. Como madre, comprendo perfectamente el dolor de una mamá o un papá cuando su hijo viene del colegio habiendo sido agredido. Y entiendo que cuando el pequeño señala día tras días al mismo niño como “responsable” de una agresión hacia él, suelan alarmarse e incluso llegar a pensar que está sufriendo bullying en el colegio, cuando en realidad es con sus mejores amigos, con los que nunca podría dejar de jugar con los que han surgido los conflictos.

La mejor recomendación que puedo dar a los padres ante cualquier suceso de este tipo, es que acudan a la tutora o al tutor de su hijo para compartir duda o inquietud, obtener toda la información acerca de cómo se producen los incidentes y pedir recomendaciones sobre cómo tratar el tema en casa. Es importante que no se hable delante de ellos en tono negativo, porque los niños no son conscientes de que haya ningún problema entre ellos. Darles pautas del tipo «no te juntes con” no me parece adecuado, entre otras cosas porque esto no va a suceder.

Es importante comprender que estos sucesos forman parte de la vida en común de un grupo de niños pequeños, historias que son habituales en la convivencia entre ellos y  que, conforme van madurando, a lo largo del ciclo estos episodios son cada vez más esporádicos.

Para terminar, dejar claro que en este artículo me estoy refiriendo a un tipo muy determinado de conflicto, de entre los muchos que se dan en las aulas de educación infantil y que cada circunstancia particular, requiere de una respuesta acorde con los hechos.



3 comentarios

  1. Esto también es muy frecuente en las peleas entre hermanos. Como padres de ambas partes de la pelea, es más fácil ser neutral. Aunque casi siempre la «bronca» se la lleva el mayor. No soy maestra, pero me anoto la lección. Con el juego intentan tomar referencias del mundo, hasta dónde pueden llegar y dónde están las líneas rojas. Mejor dejarles a ellos que hagan este aprendizaje. Muy interesante el post. Muchas gracias!

  2. Me ha gustado mucho el artículo. Recuerdo siempre los conflictos entre mis hijos, los padres intentamos ser protectores . Pero mi lema siempre fue preguntarles si les gustaba lo que sentían en ese momento. Y les comentaba: » no hagas a nadie lo que no quieras para ti». Ellos siempre me lo recuerdan.

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